Contratransferencia y empatía en un contexto traumatizante. Experiencias en Guatemala

Elisabeth Rohr

Introducción: debates científicos sobre trauma

Los debates científicos y una extensa investigación sobre trauma despejan cualquier duda de que el trauma no termina ni se desvanece cuando finaliza la experiencia traumática. Keilson (1979) fue uno de los primeros en señalar que el trauma debe comprenderse como un proceso continuo. Las terapias que realizó con niños judíos supervivientes de la Shoah[1] en los Países Bajos, mostraron claramente que el trauma continúa incluso después de que las atrocidades hayan terminado. Emerge y se reactiva en secuencias. Esto implica que el trauma no resuelto “se mantendrá como un presente insistente” (Varvin, 2003: p. 209)[2] y, en consecuencia, puede incluso transmitirse de manera inconsciente de padres a hijos en un proceso transgeneracional (Gampel 2006).

El incremento de las investigaciones clínicas en el campo de la traumatología psiquiátrica (Varvin 2003; Becker 2006) han reconfirmado estos hallazgos, lo que eventualmente ha llevado a alteraciones en la formulación del diagnóstico de Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Aunque el “establecimiento del TEPT como resultado final común de traumas diversos ha ayudado a unificar campos previamente dispersos en la investigación sobre el trauma” (Silove 1999, p. 201), rápidamente se hizo evidente que el “TEPT fue el resultado principalmente de observaciones de eventos traumáticos claramente circunscritos…y no llega a captar muchos de los tipos de consecuencias causados por el trauma prolongado y repetido” (Herman 1992, p. 377). Por lo tanto, se ha cuestionado la validez de la aplicación del concepto occidental de trauma a culturas y sociedades diversas en las que los abusos políticos y las violaciones de derechos humanos prevalecen (Silove 1999).

En América Latina, psicólogos como Becker (1992), que trabajaron durante muchos años con víctimas de tortura en Chile y Martín-Baró (1990), de El Salvador, insisten en que el trauma no puede comprenderse únicamente como formulaciones de diagnósticos clínicos de TEPT ya que el trauma es un fenómeno social y político que afecta a la sociedad en su conjunto. El entendimiento de Martín-Baró y de Becker del trauma amplifica el modelo secuencial del trauma de Keilson y subraya la importancia del entorno social de un superviviente en el desarrollo futuro del proceso traumático. Señalan que no existe postrauma.

Los expertos que trabajan en campos psicosociales después de una catástrofe deben comprender los efectos del trauma, porque pueden enfrentarse no solamente a traumas complejos individuales, sino también a poblaciones traumatizadas. Solamente con este conocimiento los expertos están en la capacidad de soportar[3], comprender y contener las  diferentes expresiones de los traumas que encuentren. En estas circunstancias, la supervisión y la asistencia psicológica no son un “lujo”, sostiene Becker (2006, p. 102), son una necesidad esencial para la salud. De lo contrario, el riesgo de trauma secundario se incrementará, y eventualmente traumatizará a los propios expertos (Figley 1995). El esfuerzo para soportar, comprender y contener el trauma puede provocar que los expertos excedan sus límites, convirtiendo su trabajo en una “agonía de ansiedad” como Ferenczi (1932/1988, p. 81) lo llamó, lo que se acerca a “sentimientos de muerte” como añadió Becker (2006, p. 64).

El siguiente estudio de caso de un taller de supervisión grupal analítica en Guatemala tiene como objetivo explorar el tipo de capacidades de supervisión profesional que se necesitan para soportar, contener y comprender situaciones traumáticas. El taller fue parte de un programa de paz y reconciliación del gobierno alemán que intenta mejorar los servicios comunitarios de salud mental y cpacitar a trabajadores(as) sociales y psicólogos(as) para ofrecer servicios de asistencia psicológica profesional a diferentes grupos e instituciones que tienen relación con víctimas de la guerra. Por ello este artículo se describirá primero la situación en el país, luego discutirá la teoría de empatía y de la contratransferencia continuando con la descripción de una experiencia de supervisión en particular que podría considerarse un viaje hacia la “agonía y ansiedad”. Finalmente el artículo concluye con reflexiones y recomendaciones para el trabajo psicosocial en sociedades posconflicto.

Antecedentes sociales y políticos

En el 2000, el Gobierno de Alemania estableció un programa de paz y reconciliación en Guatemala para apoyar el frágil proceso de construcción de paz en el país (Duque 2007). Después de 36 años de guerra, los resultados del denominado “conflicto armado” fueron devastadores. Lo peor de todo fue que la violencia continuó después del fin del conflicto armado. Los linchamientos se incrementaron en el país, la violencia y homicidios contra las mujeres alcanzaron uno de los niveles más altos en América Latina (Amnesty International 2020, Sanford 2008). Pocos violadores de derechos humanos han sido procesados. El informe de la Secretaría de la Paz de 2009 alertó sobre la “violencia endémica” que amenaza la estabilidad de la sociedad guatemalteca y dos comisiones para la verdad llegaron a la conclusión de que la mayoría de la población de Guatemala, mayoritariamente indígena, ha sido traumatizada y que el “tejido social” ha sido severamente dañado y parcialmente destruido (REMHI 1998; CEH 1999). Aunque la guerra terminó nueve años antes de que la capacitación en supervisión analítica grupal se iniciara, los efectos de la violencia endémica eran omnipresentes.

A pesar de los esfuerzos para minimizar los riesgos de seguridad en el taller, a nivel individual, los participantes tuvieron que enfrentarse a la violencia casi constantemente. Hace pocos años, una monja católica de 72 años de edad, que había participado en uno de nuestros primeros talleres, fue asesinada cerca de la residencia en la que se realizaban los talleres.  Parecía que la violencia no podía evitarse; dominaba la vida cotidiana y todas las rutinas de trabajo.

Este era el contexto social y político para la capacitación en supervisión grupal analítica. Las evaluaciones habían mostrado que muchos psicólogos estaban organizando exhumaciones en poblados indígenas o trabajando dentro de los proyectos comunitarios de salud mental con viudas indígenas extremadamente traumatizadas. Estos profesionales se quedaron solos con el sufrimiento extremo de las personas con las que trabajaban.  Como en ese momento no existía en el país una supervisión en el sentido de consejeros profesionales, los organizadores de la supervisión analítica grupal decidieron ofrecer talleres con el objetivo de fortalecer las capacidades profesionales de los expertos psicosociales.

Existen, claramente, diferentes formas de abordar este desafío.  Una forma es concentrarse en métodos e instrumentos de supervisión, la otra es “enseñar” empatía en un contexto traumatizante. El concepto de la empatía puede considerarse como uno de los conceptos centrales del pensamiento psicoanalítico y al mismo tiempo parte esencial de las reacciones de contratransferencia ¿Pero cómo funcionan la empatía y la contratransferencia en un contexto imbuido en el trauma?

Comprensión psicoanalítica de la empatía

Revisando la literatura psicoanalítica, se encuentra que ha habido una cantidad considerable de textos sobre empatía, empezando por Freud, quien reconoció que él era un tanto ambivalente sobre este tema debido a su “carácter místico” de acuerdo con la carta que escribió a Ferenczi (Grubrich-Simitis 1986).

De acuerdo con Kakar (2008, p.114), la definición correcta  de empatía según el Diccionario de Inglés de Oxford confirma su “carácter místico”, explicando que la empatía se considera como la capacidad de proyectar la propia personalidad hacia un objeto y, al hacerlo, comprender completamente al otro. Kakar, un psicoanalista de la India, señala que los psicoanalistas parecen evitar el desafío científico relacionado a la empatía. Él está convencido de que evitarlo está relacionado con la naturaleza misma de la empatía, porque la empatía parece funcionar mucho más como una práctica meditativa que como una técnica comprobada psicoanalítica y científicamente.  Freud parecía ser consciente de la naturaleza meditativa de la empatía cuando escribió: “La experiencia pronto mostró que la actitud más adecuada para el médico que debía realizar el análisis era que él mismo se entregase, con una atención uniformemente flotante, a su propia actividad mental inconsciente, para evitar en la medida de lo posible la reflexión y la formación de expectativas conscientes, y no pretender fijar particularmente en su memoria nada de lo escuchado, y por esos medios capturar la deriva del inconsciente del paciente con su propio inconsciente” (1923, p 239). En un conocido consejo, Freud dice a los psicoterapeutas que deben liberarse de todo pensamiento y emociones conscientes para ser capaces de recibir mensajes del inconsciente del paciente. Esta es una tarea extraordinaria, algunas veces difícil de llevar a cabo, pero necesaria para percibir los mensajes del inconsciente.

En referencia a esta actitud psicoterapéutica y técnica psicoanalítica, Ogden habla sobre “las experiencias de soñar despierto” (1997, p. 719), es decir, la capacidad de una persona para tener pensamientos, sentimientos, fantasías, sueños conscientes y percepción corporal sin obstrucciones en el curso del proceso psicoterapéutico. Con el concepto de soñar despierto, Ogden describió lo que Freud dijo cuando hablaba de atención flotante y nombró las fuentes que podrían producir asociaciones valiosas para el entendimiento en el proceso psicoanalítico.

Tomando en cuenta el trabajo de Freud y Ogden, Kakar muestra que esta capacidad de “soñar despierto” es un tanto similar a las capacidades trascendentales de algunos de los famosos gurús de la India. De acuerdo con Kakar (2008, p. 117), hoy en día muchos psicoanalistas tratan de minimizar el carácter transcendental de la empatía, diciendo que la identificación del psicoterapeuta con el paciente es temporal y no regresiva, que está bajo el autocontrol del terapeuta, y que contiene elementos neutros e incluso cognitivos.  Existe evidentemente mucho temor de que la empatía sea solamente una proyección de los sentimientos y de la contratransferencia del psicoterapeuta, una fantasía empática. De acuerdo con Kakar (2008, p. 118), estas vagas definiciones de empatía, combinadas con las objeciones y advertencias de riesgos potenciales, son responsables de la ambivalencia que se encuentra en la mayoría de las publicaciones científicas sobre empatía.

Sin embargo, hay bastantes psicoanalistas que tienen opiniones diferentes sobre el tema. Uno de ellos es Bion (1967) quien describió al psicoterapeuta ideal como alguien que puede renunciar, por el bien de la situación psicoterapéutica, a la memoria y al deseo e incluso al entendimiento. Reitera que los psicoterapeutas deben bloquear el ruido del mundo material y toda percepción sensorial para poder recibir mensajes del mundo psíquico.  Esta capacidad de escuchar los mensajes del inconsciente conduce a una extensión de los canales de comunicación preconscientes y una mayor capacidad para recuperar mensajes de la profundidad del mundo psíquico. Y Kakar (2008, p. 124) agrega que la empatía crecerá únicamente cuando las funciones del yo puedan abandonarse con mayor facilidad y el temor a ahogarse pueda manejarse de manera menos defensiva.  Así el potencial del psicoterapeuta de soñar despierto puede fortalecerse y la empatía puede amplificarse.

Es sorprendente la forma en que Kakar no vincula la empatía con reacciones de contratransferencia ya que parece obvio que la contratransferencia no funciona sin empatía y que la empatía es una parte crucial de todos los procesos de transferencia.

Por lo tanto, puede ser útil dirigir la atención a un caso real, experimentado en un taller de supervisión analítica grupal en Guatemala, en el cual la empatía, incrustada en reacciones fuertes de contratransferencia, fue necesaria para comprender lo que se estaba diciendo.

El caso de Pedro

Pedro, el único hombre en un grupo de mujeres, se ofreció voluntario al comienzo de un taller de supervisión grupal analítica, para presentar un caso que todavía le perturbaba.  Conocí  a Pedro en un taller previo y me alegré de verlo otra vez.  Había sido muy crítico en aquella ocasión, no estaba familiarizado con el análisis grupal o formas de pensar psicoanalíticas.  Ahora, su regreso podría significar que algo en el taller había sido convincente o útil después de todo.  Sentí alivio por haber logrado contactarlo porque era conocido en Guatemala por haber publicado sobre una de las muchas masacres que habían tenido lugar durante la guerra en poblados indígenas remotos.  Recuerdo haber pensado que si lograba llegar a él, posiblemente podría llegar a otras personas en este taller. Los participantes del taller también parecían estar agradecidos con él por ofrecerse a presentar un caso y le animaron a comenzar.

Pedro contó la historia de los viajes que realizó a una aldea indígena lejana en el norte del país para organizar la exhumación de una fosa común.  A pesar de que era un viaje de 5 horas, había ido al lugar varias veces debido a complicaciones que surgieron después de la exhumación. Una familia indígena que había perdido a su padre durante la guerra y que sospechaba que su cuerpo estaba en esta fosa común, había luchado durante años para obtener la autorización oficial para la exhumación.  Finalmente, las autoridades otorgaron la autorización y los antropólogos forenses realizaron la exhumación, encontrando los cuerpos del padre y del tío y muchas otras personas de la aldea.  La familia del tío ya no vivía en la aldea, había huido a un campamento para refugiados en México.

Ya que Pedro estaba a cargo de la exhumación, decidió buscar a la familia del tío para contarles del descubrimiento y preguntar en dónde enterrar al fallecido. Después de mucha investigación, logró ubicar a su única hija viva y la visitó en México. La hija le manifestó que quería que su padre fallecido fuera sepultado en México, cerca de donde vivía ahora. Cuando Pedro retornó con el mensaje a la aldea en Guatemala, los primos de la mujer y su tía rechazaron su deseo, argumentando que ellos habían luchado por su exhumación y que el cuerpo del tío debería enterrarse en la aldea en la que vivió y murió. Pedro condujo una “diplomacia itinerante” entre los familiares en México y en Guatemala, pero las posiciones de ambas partes se mantenían rígidas y parecía imposible encontrar una solución. Pasaron varias semanas, Pedro parecía agotado y había perdido toda esperanza. Nada de lo que intentó parecía funcionar.  Lo peor era que el juez del poblado cercano lo instó a organizar el entierro, ya que era ilegal dejar los cadáveres sin enterrar durante tanto tiempo. Si las familias no se reconciliaban, el juez amenazó con que ordenaría el entierro del cadáver en otra fosa común. Incapaz de comprender a ninguna de las dos partes de la familia y desesperado, Pedro le pidió sugerencias al grupo de supervisión.

Después de un corto silencio, una de las mujeres del grupo de supervisión le preguntó, a manera de reproche, por qué estaba involucrado en un trabajo tan emocionalmente difícil y estresante, agregando que pensaba que era demasiado para soportar. Continuó diciendo que, como psicoterapeuta, había aprendido que es necesario protegerse a uno mismo y no excederse en sus límites.  Pedro contestó con una sonrisa un tanto desdeñosa que consideraba que era su obligación moral y política estar involucrado en este tipo de trabajo y que sabía cómo cuidarse.

En el curso de la discusión que siguió, la mujer dio voz a temores y ansiedades, señalando así reacciones defensivas por parte del grupo. Obviamente ella sentía la necesidad de proteger al grupo como una buena madre, sintiéndose insegura, no sabiendo si yo podría proteger al grupo o si empujaría al grupo demasiado lejos con este instrumento de supervisión tan desconocido en el país.  Pero, subyacente a estas ansiedades, había un conflicto entre Pedro y esta mujer.  Pedro no dejó ninguna duda sobre su compromiso político y sus fuertes convicciones políticas de izquierda, mientras que la mujer encajaba en el estereotipo de la psicoterapeuta de clase media que se mantiene fuera de conflictos políticos.  Mientras se protegía a sí misma no involucrándose, también representaba la posición de los conservadores en la sociedad.  Hubo mucha tensión y agresión tácita en el grupo. Las sombras de la guerra habían entrado en nuestro espacio de supervisión y el conflicto irreconciliable estaba atemorizando a todos.

Mientras escuchaba atentamente, muchos sentimientos y asociaciones corrieron por mi mente, pero mi mayor temor era la posibilidad de no haber comprendido lo que Pedro relataba y que nunca comprendería las cuestiones claves de esta historia.  Estaba casi convencida de que se trataba de un caso que jamás se resolvería. Mis propias reacciones de contratransferencia de no comprender señalaron el peligro con respecto al material que Pedro presentó. Sentí que las resistencias, temores, ansiedades y agresiones estaban dominando al grupo.

De repente, alguien en el grupo le pidió más detalles a Pedro, y él habló de su trabajo, la exhumación de la fosa común y la difícil situación en la aldea.  Una vez más sentí no poder seguir sus palabras o imaginar la aldea.  Sentí que era una imagen borrosa, como si el fotógrafo hubiera temblado mientras tomaba la fotografía y a pesar de que intenté con mucho esfuerzo obtener una imagen más clara, no tuve éxito. Irritada y profundamente perturbada, sentí que estaba en un viaje sin rumbo. Incluso mi capacidad para hablar español parecía haberse desvanecido.

Finalmente, Pedro empezó a hablar sobre la masacre. A pesar de que los eventos que describió eran horribles, empecé a entender.  El padre cuya hija ahora vivía exiliada en México había sido denunciado ante el ejército como colaborador de la guerrilla. El ejército invadió la aldea, lo capturó y ordenó que él y muchos otros fueran torturados frente a toda la aldea.  Los soldados forzaron a todos los hombres, mujeres y niños a presenciar la tortura. Un tiempo después, la guerrilla llegó a la aldea y mató a quienes habían denunciado a los torturados. Cuando el ejército y la guerrilla terminaron con las matanzas, los cadáveres se alineaban en las calles que salían del pueblo.

Hubo un silencio y un sentimiento fuerte de dolor y agonía en el grupo. Entonces alguien dijo, con la voz quebrada, lo impactante que era escuchar e imaginar esas atrocidades.  Como todos los demás en el grupo, pude ver los cadáveres tirados en los caminos polvorientos de la aldea.  Era una imagen casi insoportable.  Mi instinto más fuerte en ese momento fue huir, solamente salir y escapar.

De repente me di cuenta de mi reacción, era la misma que la de la familia que se fue a México.  Entonces pensé en la hija, viéndola ahora claramente como una joven mujer indígena parada junto con todos los demás pobladores de la aldea, vestida con su ropa indígena de colores intensos, forzada a ver a su padre ser torturado, escuchándolo llorar y viéndolo morir.  Podía sentir, parcialmente supongo, lo que posiblemente sintió en el momento: agonía, un gran dolor y sufrimiento, pero también vergüenza, impotencia, soledad en medio de una multitud de personas, todas paralizadas por el máximo miedo y terror.  Ninguno se atrevió a hacer nada para ayudar a su padre, ni  su madre, ni sus parientes, ni sus vecinos.

A pesar de que estas imágenes provocaban un dolor casi insoportable, me ayudaron a pensar nuevamente y recuperar mi capacidad para realizar el proceso de supervisión, ahora de una manera más activa. Finalmente empecé a comprender la razón por la que la hija insistía en que su padre fuera enterrado en donde ahora vivía.  Ella simplemente quería tener su cuerpo cerca como un resarcimiento tardío por haberlo dejado solo en esta agonía.  Al menos quería ofrecerle un entierro digno y de acuerdo con los rituales indígenas mayas para salvar su alma y reconciliarse con sus propios sentimientos de vergüenza y culpa.

Compartí estos pensamientos con el grupo. Inmediatamente, la tensión desapareció de la cara de Pedro.  El grupo se relajó y algunos de los participantes se recostaron sobre sus sillas. Ahora podían comprender el deseo de la joven mujer de enterrar a su padre cerca de ella.  Esa era la única manera en que ella podía encontrar paz con el pasado e intentar reducir su trauma Pero ¿qué pasaría con sus primos y su tía en el poblado indígena en Guatemala? Su situación se volvió comprensible también.  Habían hecho todo para obtener la autorización para la exhumación. Sintieron resentimiento hacia la familia de la muchacha que había huido tras la masacre, mientras que ellos se quedaron.  No permitirle tener el cuerpo de su padre era como un castigo por haber dejado la aldea, por haberlos dejado con los cadáveres alineados en las calles y con el conflicto político horripilante que dividía la población de la aldea, por un lado, había quienes apoyaban a la guerrilla y por el otro, quienes apoyaban al ejército. Fue exactamente el conflicto que se había reflejado en el inicio del proceso de supervisión en nuestro grupo.

Pero ahora podíamos ver la sonrisa de Pedro: sí, ahora sabría cómo hablarle a la hija, su tía y sus primos.  Se sintió seguro de que podría lograr un acuerdo entre las dos familias porque ahora comprendía el trauma que las dos partes de la familia experimentaron y las formas diferentes que encontraron para enfrentarlo. También se percató de que el trauma todavía estaba vivo, habiendo sido reactivado por medio del proceso de exhumación.

Con gran alivio, Pedro cerró el caso y agradeció al grupo. Todos nos dirigimos hacia afuera, con mucha hambre y sed, contentos de tener café y comida durante nuestro descanso.

Reconstruyendo el proceso de comprensión

La reconstrucción de este proceso de entendimiento doloroso a nivel teórico no es fácil porque ser empático en este caso significaba hacer un viaje a tierras desconocidas por medio de una “agonía de ansiedad” y una confrontación con el trauma y la muerte. El proceso de entendimiento comenzó con la atención flotante, como mencionó Freud (1923), y el mundo material, así como el cognitivo desaparecieron, como señaló Bion (1967). Mi dominio del idioma español desapareció y se desarrolló un estado mental que podía compararse a las experiencias de sueño despierto. Las imágenes borrosas no permitieron ningún pensamiento racional y las orientaciones, metas y direcciones intelectuales y profesionales simplemente se desintegraron. La atención flotante se convirtió en algo que Kakar (2008) llamó “ahogamiento”. Todo el conocimiento se desvaneció; no hubo deseo ni entendimiento. En contraste con el análisis de Kakar, sin embargo, hubo por lo menos temporalmente, movimientos regresivos pesados en este proceso de “ahogamiento”, lo cual debe reconocerse. Sentimientos de vacío, impotencia y vergüenza deben considerarse como indicios de regresión.  No fueron fáciles de soportar.  Pero de alguna manera, inconscientemente, fue posible perseverar, en lugar de luchar contra ellos.  Y al soportar el sentimiento de casi ahogarse, pude trascender límites, encontrar acceso al material inconsciente y traumático de la historia e identificarme finalmente con esa mujer, parada allí en medio de la multitud, viendo a su padre sufrir y morir.  La identificación con esta muchacha fue el momento decisivo en el proceso de comprensión por medio de reacciones de contratransferencia.  Esta comprensión empática del trauma de la muchacha abrió una puerta a una comprensión emocional de toda la situación.

Pero este paso de la empatía hacia el entendimiento emocional no puede describirse solamente en términos de trascender límites porque no tendría en cuenta el proceso de conflicto. De hecho, la historia de Pedro muestra que el conflicto central fue reflejado y experimentado en cinco diferentes niveles durante las distintas etapas del trabajo de caso:

• La escena inicial en nuestro taller de supervisión produjo un choque entre dos posiciones políticas radicalmente opuestas dentro del grupo, abriendo así el escenario para conflictos posteriores relacionados al caso.

• Los conflictos dieron forma a mis reacciones de contratransferencia cuando fue imposible para mí relacionarme con el grupo, ni escuchando ni comprendiendo las palabras de Pedro. Había un colapso total de la comunicación, produciendo una cantidad significativamente alta de ansiedad.

• Con el tiempo este terrible conflicto en la aldea fue descubierto durante nuestro trabajo en el caso. Resultó ser el conflicto político central y nacional entre quienes apoyaban al ejército y quienes apoyaban a la guerrilla, terminando en denuncias mutuas y la muerte brutal de muchos hombres indígenas en la aldea.

• Este conflicto pasado encontró una continuación en el conflicto presente de dos familias, no pudiendo llegar a un acuerdo sobre dónde sepultar al padre y tío.  Los efectos del trauma causado por la guerra estaban vivos, sin permitir que las heridas cicatrizaran.

• El conflicto se manifestó en la relación de trabajo insatisfactoria que Pedro experimentó con las personas de la aldea. Debido al trauma no resuelto, no pudo reconciliar a las dos familias y encontrar una solución al problema del entierro del tío.

En este caso, el trauma se evidenció en el grupo como un estado básico y permanente de conflicto, produciendo síntomas y temores de “ahogamiento” y finalmente una crisis severa. Sin embargo, en este proceso las estructuras de resistencia, así como de defensa colapsaron parcialmente, permitiendo un aumento en la flexibilidad y, lo que es más importante, en la creatividad; es decir, nuevas ideas, nuevos pensamientos y nuevas perspectivas. Solamente por medio de la crisis y la pérdida dolorosa de conocimiento y poder fue posible un entendimiento emocional y empático de la situación traumática. 

Lecciones que aprender

Además de comprender el trauma, es muy importante que los expertos psicosociales que trabajan en sociedades traumatizadas sean conscientes de que “el trauma no solamente persistirá como una memoria presente de lo que pasó y que afectará la forma en que se percibe el mundo, la forma en que se experimentan las relaciones con otros y la forma en que la persona se relaciona consigo misma y con los demás” (Varvin 2003, p. 209). Esto, por supuesto, también es cierto en las relaciones de trabajo, porque los rastros de trauma pueden aflorar a la superficie en cualquier entorno profesional en cualquier momento, como durante la asistencia psicológica y el trabajo de supervisión de caso, en donde posiblemente menos se espera. Los expertos psicosociales que trabajan en sociedades de posconflicto fuertemente traumatizadas deben ser conscientes de este hecho y estar preparados para soportar, entender y contener fenómenos traumáticos.  Ello significa, primero y principalmente, no tener miedo a los conflictos, ni luchar contra nuestros propios sentimientos de indefensión, impotencia, y regresión. Reconocer las propias vulnerabilidades y limitaciones ayuda a relacionarse con las necesidades de poblaciones traumatizadas.

En este caso un acercamiento clínico no habría sido útil para la tarea de Pedro de organizar el proceso de exhumación y finalizarlo.  Para realizar esta tarea, tuvo que enfrentar el trauma, pero no estaba en posición de diagnosticar ni tratar a personas traumatizadas.

Sin embargo, la resolución del dilema de Pedro fue posible por medio del grupo de apoyo para la supervisión. El apoyo psicosocial en un grupo de colegas crea un sistema de apoyo para salvaguardar la salud, el cual contiene el temor de ahogamiento, que permite a una persona recuperar su confianza en sus capacidades profesionales y personales y crear un sentimiento de solidaridad con otros.  Sentir, experimentar y vivir la relación con otros es decisivo para soportar y superar la fragmentación y polarización siempre asociadas al trauma.

Referencias Bibliográficas

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Notes

[1] “Shoah” término hebreo para referirse al holocausto, a la destrucción.

[2] Todas las traducciones de libros en inglés y alemán están hechas por la autora.

[3] Con “soportar” las diferentes expresiones de trauma, me refiero a que terapeutas y trabajadores sociales deben permitirse ver y escuchar todos los detalles horripilantes de las historias que sus clientes intentan relatarles.  Deben tener la capacidad de escuchar, observar, mantener sus corazones abiertos y evitar la tentación de bloquear el dolor que estas historias evocan.

Dra. Elisabeth Rohr
Socióloga de la Universidad de Frankfurt. Trabajó como profesora de Educación Intercultural en la Universidad Phillips de Marburg, Alemania hasta 2013. Ha realizado investigación en América Latina sobre fundamentalismo religioso, migración, procesos de paz y reconciliación. Capacitada como analista grupal en Londres, trabaja también como supervisora y consultora en campos nacionales e internacionales. Desde el 2006, conjuntamente con Vilma Duque, ha conducido y establecido el “Diplomado en Supervisión Psicosocial” en Guatemala. Es autora de varios libros y artículos.
erohr@staff.uni-marburg.de

Publikationen

Como montar un caballo muerto. Retos de la Supervisión Psicosocial en Mesoamérica.