Reseña de libros: ¿Quién le teme a la (neuro)ciencia?

Marcela López Levy

Holmes, Jeremy (2020) The Brain has a Mind of its Own. Attachment, Neurobiology, and the New Science of Psychotherapy. Confer Books, London

Maturana, Humberto R. and Francisco J. Varela (1987) The tree of knowledge: the biological roots of human understanding. Revised Edition. Shambhala, Boston


Muchos psicoterapeutas influyentes abogan por una ‘nueva ciencia de la psicoterapia’, como Holmes menciona en su título. En este breve libro, presenta un resumen de los elementos que considera que implica esta nueva ciencia. Tiene claro que se trata de un intento personal de dar sentido a la investigación en neurociencia y física al tiempo que integra sus hallazgos con conceptos psicoanalíticos y, además, busca aplicaciones prácticas para la psicoterapia relacional. ¿Por qué acompañarlo en este camino? Por mi parte, estoy de acuerdo con él cuando escribe hacia el final del libro que ‘necesitamos teorías y modelos de cómo funciona la mente – su lenguaje, relaciones, motivaciones, deseos, planes y sus estructuras de apoyo – que sean científicamente válidas y cercanas a la experiencia’ (p. 115). Para mí, significa estar abierto a la comprensión multidisciplinaria del oficio de la psicoterapia y al mismo tiempo tener curiosidad por saber cómo podemos ser más precisos en nuestras suposiciones.

En mi experiencia, ‘científicamente válido y cercano a la experiencia’ a menudo se presentan como puntos de vista opuestos, imposibles de integrar. La práctica de la terapia significa que la ‘experiencia cercana’ es mucho más fácil de comprender y lo ‘científicamente válido’ puede parecer poco realista cuando se trabaja con relaciones particulares. A muchos terapeutas la neurociencia les suena a determinismo biológico, o a un modelo reduccionista y médico que busca una base química o genética para lo que muchos de nosotros argumentamos son condiciones definidas socialmente y basadas en el contexto de lo que se entiende como patológico. Pero, ¿es una cosa o la otra? ¿Podrían ser ambas? Este libro es valioso porque proporciona una síntesis de enfoques que a menudo se consignan a esquinas opuestas del ring. Holmes ofrece pensar la neurociencia y nuevos modelos matemáticos de cognición y comunicación, y también, afectos y cognición corporal, apego, lo vincular; escribe sobre la psicopatología como una continuidad de dificultades en dar sentido a nuestra experiencia interna y externa. Este enfoque multidisciplinario está ganando compañeros de viaje, pero hasta ahora sigue siendo el camino menos transitado.

Holmes propone una perspectiva multidisciplinaria para crear mejores hipótesis sobre los mecanismos subyacentes a los efectos de la psicoterapia. Hasta la fecha, la complejidad de los factores en la terapia y las dificultades para crear condiciones replicables ha significado que tenemos evidencia de los efectos de la psicoterapia (no todos positivos) pero sabemos poco sobre los posibles mecanismos. Compara la situación con la de Darwin al notar la herencia y la evolución por observación, y haber tenido que esperar imaginar y luego ver el ADN para comprender el mecanismo de la evolución. Como dice Holmes, ‘el proyecto del libro es argumentar que los avances en neurociencia apuntan a nuevas comprensiones de cómo la psicoterapia produce cambios psíquicos’ (p. 4). ¿Lo logra? ¿O es una locura intentarlo?

Comienza por considerar un nuevo paradigma emergente en neurociencia, el ‘principio de energía libre’ desarrollado por Karl Friston y sus colegas. Proponen que la energía no es un fenómeno físico, sino una ‘categoría explicativa, similar a la gravedad’. Esta concepción de la energía está estrechamente alineada con las definiciones de energía en los primeros trabajos de Freud, un vínculo que establece Holmes en el capítulo 2. Rycroft explica con más claridad las conexiones en su Diccionario crítico del psicoanálisis, donde su definición de ‘energía’ dice: ‘La teoría de Freud de la energía ligada y móvil tiene poco que ver con el concepto de energía utilizado por las otras ciencias naturales, y en realidad es una teoría del significado’ (1995, p. 48). Holmes sostiene que los principios o el marco proporcionado por la energía libre se correlacionan con la idea de Freud de que ‘parece que reconocemos que la energía nerviosa o psíquica existe en dos formas, una libremente móvil y la otra, por el contrario, ligada’. La energía móvil es característica del ello y la energía ligada característica del ego’ (Freud 1940 en Rycroft 1995, p. 47-49). La aplicación del principio de la energía libre a la vida psíquica es, de manera similar, que la energía está libre o ligada. ‘La energía libre refleja la naturaleza siempre cambiante y potencialmente caótica del impacto del medio ambiente, y sin ataduras, puede abrumar al sistema nervioso que no está preparado’ (Holmes 2020, p. 7). Esto implica que la tarea del sistema nervioso es intentar predecir cómo interpretar las señales, encontrando formas de hacer coincidir los estados internos y los patrones aprendidos de experimentar el entorno. Holmes subraya cómo el trabajo matemático de Friston muestra la importancia de las predicciones al tratar con las ‘discrepancias siempre cambiantes entre predicción y sensación, entre nuestros modelos generativos del mundo y la realidad’ (ibid. p. 6).

Holmes interpreta que la psicoterapia reconoce las sensaciones corporales como la base de la vida afectiva. Es muy bienvenido su enfoque de lo corporal, que da por hecho, y sin embargo, no siento que sea una actitud tan común como él presupone. También argumenta a favor de la comprensión relacional, es decir vincular de la relación terapéutica, basada en el apego, y lo que describe, basándose en Bollas, como ‘pedir un intercambio más igualitario y ‘democrático’ entre las propiedades sanadoras de lo sensual y lo representacional’ (p. 10), es decir, pedir que se valore el conocimiento corporal tanto como el lenguaje. El enfoque multidisciplinario de Holmes es potente porque él ve ‘errores de predicción’ que surgen tanto de nuestra experiencia interna como de estímulos externos en eventos físicos y psíquicos. Propone que pueden ser las discrepancias entre lo que queremos / esperamos y lo que sentimos en nuestros cuerpos lo que se experimenta como desagradable, mientras que nos sentimos bien cuando las expectativas y la experiencia se alinean (ibid.). Él define ‘la angustia psicológica que lleva a las personas a buscar ayuda psicoterapéutica […] como estados crónicos de error de predicción sin resolver. El objetivo de la psicoterapia es corregirlos movilizando la capacidad de acción y la revisión de modelos’ (p. 6-7).

Así, Holmes se propone ‘transponer’ los modelos matemáticos del funcionamiento neuronal a la experiencia cotidiana y al pensamiento psicoanalítico. Propone que los métodos del psicoanálisis, como la interpretación de los sueños, la libre asociación y las ambigüedades de la transferencia, son formas de crear más espacio para pensar entre las predicciones automáticas generadas por los estados internos y la experiencia pasada. Hacer más espacio para la incertidumbre se logra creando un tipo de conversación basada en la sintonía, para que la persona que viene a terapia pueda hacer uso de las capacidades del terapeuta para contener su angustia. En términos del modelo de procesamiento de información proporcionado por el Principio de Energía Libre, hay una ‘conversación’ constante entre ‘modelos generativos con sensaciones del mundo exterior (exterocepción) o del cuerpo (interocepción). Sus interacciones llegan a un acuerdo minimizando las discrepancias’ (p. 43) entre ellos, mientras que el encuentro terapéutico permite examinar las discrepancias y llegar a acuerdos diferentes entre las explicaciones presupuestas y las sensaciones inmediatas. El objetivo de la psicoterapia, entonces, sería crear un contexto para que la energía ligada se libere de modo que se puedan probar nuevos patrones de vinculación entre los elementos de percepción.

Holmes dedica un capítulo a las resonancias del proceso de vincular o ligar la energía libre en predicciones confiables con conceptos psicoanalíticos y presenta un caso convincente de los paralelos con la ‘reserva de antecedentes’ de Bion, donde el ensueño materno y su función alfa pueden ayudar al bebé a procesar su experiencia. En términos de energía libre, ‘está proporcionando información de modelos que ayuda a ligar la energía libre y a resolver el error de predicción’ (p. 51). Aquí trae a relucir su propio trabajo sobre el ‘cerebro prestado’, una comprensión interpersonal de cómo los padres que son buenos mentalizando generan seguridad en los bebés al ‘comprender y resonar con los afectos de su bebé’ (ibid.). Amplía los paralelos que ve entre las ideas freudianas y bionianas y el paradigma de la energía libre, que son demasiado detallados para este resumen. Hay algo deliciosamente directo con su idea de ‘tomar prestado el cerebro de otro’ como la descripción de los efectos de una conexión cercana con otro y cómo esto puede afectar nuestras percepciones y respuestas, permitiendo que ‘la energía desencadenada asociada con la pérdida o la violencia se vuelva contenible [al estar mentalizada a duo]’ (p. 73).

Pasa a considerar los estudios recientes sobre la neurociencia relacional, que es más claramente relevante para el análisis grupal, con su énfasis en lo ‘hiper-social’ (p. 57). Describe lo que él denomina ‘atenuación sensorial’ como parte del patrón subyacente a la toma de turnos en la comunicación. Añade una idea intrigante: que en presencia de otros, en un entorno propicio, tiene lugar una forma de sincronía en la que ‘compartimos mentes’, una noción que Holmes compara con el concepto de ‘tercero’ en psicoanálisis y que es paralela a los procesos de espejo y resonancia en la matriz analítica grupal. Holmes cita la idea de Friston y Frith de una ‘narrativa colectiva compartida entre agentes comunicantes … por ejemplo, cuando estamos conversando o cantando, […] nuestras creencias sobre las sensaciones (propioceptivas y auditivas) que experimentamos se basan en las expectativas de la canción [patrones anteriores]. Estas creencias trascienden la agencia en el sentido de que la canción no nos pertenece ni a ti ni a mí’ (2015, p. 14 en p. 58). Esta descripción recuerda mucho el discurso grupal de Schlapobersky como el objetivo de un grupo analítico sano (2016). Holmes luego se basa en el trabajo de Barrett (2017) sobre las emociones para criticar el ‘esencialismo occidental’ y decir que ‘los individuos, sus cerebros y sus emociones no son entidades estáticas, sino nodos en una cadena en constante cambio de procesos interconectados’ (p. 60), una afirmación que tiene ecos Foulksianos (aunque Foulkes no aparece en este libro). Cita a Feldman para nombrar estos procesos como ‘sincronía bioconductual’, un ‘co-desarrollo de los cerebros y la conducta de padres y bebés en una unidad sincrónica que apoya el crecimiento cerebral de los bebés y refuerza sus competencias sociales’ (Feldman, 2015b, p. 387, en ibid. p. 60).

El capítulo 4 conceptualiza la psicopatología en términos de energía libre y ligada, con modelos de cómo nos atascamos en patrones de reacción a señales ambientales y perceptivas. Vale la pena leer el capítulo en detalle para ver cómo los errores de predicción en las percepciones internas y externas se procesan de manera diferente y pueden manifestarse en inadaptaciones que actualmente diagnosticamos como trastornos psiquiátricos. Por ejemplo, toma el trabajo de Ongaro y Kaptchuk para ver cómo los trastornos de somatización podrían entenderse como una atribución de un peso excesivo a las sensaciones interoceptivas, es decir, ‘las sensaciones corporales se toman como más “precisas” que las recopiladas en un entorno en constante cambio; por lo general, se organizan como hábitos en lugar de hipótesis y, por lo tanto, a la manera de un ‘científico obstinado’, son inaccesibles a una revisión desde las facultades conscientes,’ (p. 79). De la misma manera Ongaro y Kaptchuk escriben que los ‘síntomas explicables e inexplicables tienen una continuidad…’ (ibid, p. 3), y esta forma de pensar sobre la precisión de nuestros modelos y percepciones se aplica a todos nosotros y permite crear menos patologías a la hora de entender las dificultades o diferencias en el procesamiento de la información y las conclusiones a las que nos llevan las percepciones.

En el capítulo 5 examina cómo la psicoterapia puede hacer uso de estos conocimientos, partiendo del punto de partida de que ‘si las enfermedades mentales son enfermedades del cerebro social, entonces es probable que la evolución haya producido sistemas de reparación tanto naturales como culturalmente creados para revertir o mitigarlos’ (p. 85). Esta suposición de los cerebros sociales es interesante porque no está desarrollada de manera explícita en ninguna parte del libro. En resumen, sostiene que la psicoterapia desacopla el bloqueo automático de las percepciones desde los sentidos y las inferencias desde la mente mientras el terapeuta proporciona una mente ‘auxiliar’ donde la incertidumbre y el no saber pueden ser contenidos y otras interpretaciones pueden ser consideradas. Propone que muchas técnicas psicoanalíticas, desde la interpretación de los sueños hasta las ambigüedades de la transferencia, están todas orientadas a aumentar el espacio entre las preconcepciones llevadas a la terapia y la posibilidad de revisar modelos y / o percepciones. El objetivo del terapeuta es proporcionar ‘la presencia de un otro de confianza cuyo cerebro [sic] le presta temporalmente y libera al paciente de su error crónico de predicción’ (p. 59).

En el capítulo 6 considera lo que hay en común entre la neurociencia y la teoría del apego, observando cómo los problemas en los patrones de apego afectan nuestra capacidad para hacer predicciones precisas y afrontar cambios. Propone que ‘el propósito de la terapia es generar, tolerar, ligar y metabolizar la novedad y la sorpresa’ (p. 159) e ilustra el equilibrio más productivo entre lo conocido y lo nuevo con los cambios en la atención de los bebés: ‘ignoran el caos y lo predecible y, en cambio, muestran interés por la novedad manejable, y cuando la presencia de un otro en quien confían habilita la exploración de la novedad,’ (p. 44). Se refiere a un trabajo que conecta estilos de comunicación con experiencias de apego y propone que el modelo de energía libre nos permite ver cómo al proporcionar una base segura se alteran las posibilidades de diálogo y ‘la capacidad del terapeuta depende de poder salir del callejón sin salida de patrones dialógicos inseguros, creando una conversación donde los pacientes pueden ‘mentalizar’ lo que está sucediendo entre ellos’ (p. 134).

Es solo en el Capítulo 7, titulado ‘Conversaciones terapéuticas’, donde el enfoque del principio de energía libre se describe con mayor claridad con referencia a la comunicación y cómo nuestro sistema nervioso procesa información. Aunque el enfoque de Holmes son las conversaciones en terapéuticos a dos, es interesante la frecuencia con la cual el trabajo original de Friston se refiere a grupos: ‘el modelo de Friston y Frith (2015), donde los cerebros / mentes de “oyentes” y “hablantes” se superponen, se crea una “mente grupal” por un tiempo. [Y] los pensamientos y las sensaciones son, por un momento, percibidas conjuntamente’ (p. 151). Holmes asume una comunicación compleja en las conversaciones terapéuticas, que son tanto con el terapeuta (o miembros del grupo en nuestro caso) como internas al paciente, y que también incluyen la comunicación no verbal. Reflexiona sobre la etimología de ‘conversación’, ‘con’ los demás y ‘versa’, en contra, un ser con y también ser desafiado por otros. Aunque escribe sobre terapia individual, sus ideas son igualmente aplicables a grupos, como cuando escribe que ‘la tarea del psicoterapeuta es encontrar el a menudo inconsciente e ignorado contexto interpersonal relevante en las declaraciones de sus clientes’ (p. 141). También menciona los efectos de la atención conjunta para la co-regulación, la importancia del contexto y la teoría de la relevancia de Wilson y Sperber (2002), todas actualizaciones útiles del pensamiento de Foulkes sobre la comunicación en grupos.

En resumen, El cerebro tiene una mente propia es una introducción accesible a una variedad de perspectivas que, en conjunto, tienen el potencial de iluminar qué tienen en común las distintas formas de psicoterapia de las que todos podemos beneficiarnos. Al encontrar el terreno común entre las disciplinas y ver las observaciones comparables de la neurociencia relacional y el psicoanálisis, y además llevar las emociones y la percepción corporal al centro de la actividad psíquica, el libro abre nuevas formas de pensar sobre el trabajo psicoterapéutico. Entonces, ¿muestra el libro que ‘los avances en neurociencia apuntan a una nueva comprensión de cómo la psicoterapia produce cambios psíquicos,’ (p. 4)? En mi opinión, logra demostrar que las narrativas creadas por el psicoanálisis por más de un siglo pueden entablar un diálogo productivo con la narrativa científica que se está desarrollando en la neurociencia con el principio de la energía libre. Aunque al principio del libro parece que la esperanza es que la neurociencia pueda proporcionar un respaldo ‘científico’ a los métodos psicoanalíticos, al final del libro surge una interacción más compleja. Como ha afirmado el propio Karl Friston,[1] su principio de energía libre no es falsificable, sino un intento formal de expresar cómo los sistemas vivos permanecen estables en estado sin equilibrio, regulando su estado dentro de ciertos parámetros (lo que comúnmente llamamos homeostasis, aunque el neurocientífico Antonio Damasio aboga por un término más dinámico para expresar este proceso (Damasio, 2019), ya que se trata más de gestionar cambios que ‘estasis’). Friston desarrolló el principio de energía libre a partir de los intentos de comprender las percepciones físicas y cómo se procesan neurológicamente, como un modelo y no como una teoría comprobable.

Este libro es importante porque pone al psicoanálisis en diálogo con otras disciplinas y explora lo que podría contribuir al pensamiento interdisciplinario. Como destaqué anteriormente, por momentos el autor se refiere a la ‘mente de grupo’ que surge de un enfoque comunicativo para comprender las variedades de angustia emocional, y parecería importante aportar desde el análisis grupal a la conversación. Lo que Holmes describe como las posibilidades para minimizar el error de predicción creado cuando un paciente ‘toma prestada’ la mente del terapeuta, se podría desarrollar ampliamente en relación a los grupos analíticos y como desarrollan capacidades individuales y colectivas para soportar la incertidumbre y facilitar el aprendizaje. Me recuerda el comentario de Thomas H. Ogden de que ‘el psicoanálisis es un asunto paradójico: alguien que se supone que sabe le enseña a alguien que quiere saber lo que significa no saber’ (2006).[2]

La importancia social de defender la complejidad y encontrar formas de soportar la incertidumbre juntos no puede subestimarse en nuestro contexto actual. En una era de memes y click-bait en la web que premia mentiras simples sobre discursos complejos y donde las dificultades para mantener diálogos se convierten en violencia a nuestro alrededor, ser proveedores de espacio para no saber podría ser un servicio público, más aún para el análisis grupal que para la terapia individual, ya que buscamos crear la posibilidad de que la incertidumbre se puedan contener colectivamente en grupos. Quizás podríamos hasta tener la suficiente confianza en nuestra práctica como para traer incertidumbre al discurso científico y preguntar si la creatividad y la exploración de lo que no se conoce puede volver a ponerse en juego, en lugar de pensar en la ciencia como certeza, que es una de las principales formas en que se entiende en la vida cotidiana.

Mi principal crítica al libro se centra en el uso del término ‘cerebro’ en el título y término que resume todo nuestro procesamiento corporal de información. Por mi pasado como editora sé que los títulos están ahí para atraer compradores y no necesariamente para reflejar el contenido del libro, pero es problemático que se use en todo el texto para resumir descripciones matizadas de reacciones corporales del sistema nervioso a cómo nos relacionamos con nuestro contexto, sin explicación. Incluso cuando Holmes habla de buscar desmantelar el ‘esencialismo occidental’, no lo aplica al cerebro, una palabra que ahora está imbuida de significados culturales específicos, un órgano arbitrariamente separado que reside en nuestros cráneos y que es el epítome de nuestras ideas reduccionistas e individualistas de cómo nos relacionamos con nuestro entorno – y como tal es un objeto cultural imaginado.

El uso casual del término reductivo ‘cerebro’ despierta los temores de los profesionales de la psicoterapia cuando se apela a la neurociencia y la biología para entender la mente y las emociones. De alguna manera, el libro se ocupa principalmente de cómo usamos nuestra percepción corporal para relacionarnos con nuestro entorno social y material y, sin embargo, no propone explícitamente vincular el apego y el procesamiento de la información con nuestra naturaleza indivisible como parte de los sistemas sociales y naturales. Quizás esto es algo que los analistas grupales también podrían aportar a la conversación: formas de pensar sobre los efectos sociales y vinculares para ser más precisos acerca de nuestras formas biológicas de crear sentido, sin perder de vista las formas culturales en las que entendemos nuestras limitaciones físicas.

Fueron estas preguntas las que me hicieron pensar en el libro de Maturana y Varela, El árbol del conocimiento, en el que estos dos biólogos, matemáticos y filósofos chilenos plantean una teoría que tomó las raíces biológicas del entendimiento para reconectar a los seres humanos con su lugar en la naturaleza y proponen que la cognición no es una ‘representación’ sino una ‘manifestación continua del mundo a través del proceso de vivir’ (1987, p. 11). El poder de su modelo fue reconocer tanto la realidad de nuestros cuerpos físicos como la creatividad infinita de nuestra imaginación para dar sentido a la vida. Recordar su trabajo me hizo pensar que mucho de lo que parece ‘nuevo’ a menudo se ha pensado en otros lugares y no se ha encontrado la manera escucharlo y considerarlo en las instituciones académicas europeas; y cuán importante es, por tanto, en cualquier disciplina, invitar a voces que hablen otros idiomas, que se socialicen en otras culturas y que ocupen diferentes posiciones sociales.

La posibilidad de pensar tanto en la neurociencia como el psicoanálisis me parece que es parte de lo que Holmes logra en la práctica y es una contribución valiosa al pensamiento psicoterapéutico. Perder el miedo y sentir curiosidad por los modelos científicos que puedan dialogar con nuestra práctica y aprender con otras disciplinas; y verlo también como un proceso, donde podemos ofrecer nuestras observaciones y experiencia y permitir que surjan nuevos pensamientos, también quizás para la evolución del pensamiento científico. La ciencia es la narrativa cultural más confiable que tenemos para testear la realidad y parece extraño que las psicoterapias sean más propensas a dividirse en diversos enfoques que a buscar entendimientos comunes. Es paradójico, pero quizás no sorprendente, que gran parte del trabajo terapéutico se ocupe de modificar el sentido de la realidad de los demás, mientras que los psicoterapeutas parecemos resistirnos a testear la realidad de nuestros propios enfoques y suposiciones. Es posible que tengamos razón en desconfiar de los marcos reduccionistas que simplifican y son funcionales a las dinámicas de poder predominantes: la ‘aprobación científica’ viene acompañada de financiación y reconocimiento. Pero, ¿cuál es el costo en términos de relevancia de no tener formas de llevar nuestra disciplina a conversaciones más amplias?

Notas

[1] Friston, Karl (2018). “Of woodlice and men: A Bayesian account of cognition, life and consciousness. An interview with Karl Friston (by Martin Fortier & Daniel Friedman)”. ALIUS Bulletin. 2: 17–43. Accessed April 26 2021.

[2] Ogden, T. H. (2006). On teaching psychoanalysis. The International Journal of Psychoanalysis, 87(4), 1069–1085. doi:10.1516/d6d1-tgvx-a4f0-jecb

Marcela López Levy
Investigadora psicosocial y estudiante de grupo análisis en el IGA.